Mi Rincón Peludo

Cómo secar el pelo a un perro con secador sin que se asuste

Secado canino sin miedo al secador: schnauzer miniatura tranquilo en el baño de casa

Higo se queda tieso como un poste en cuanto enciendo el secador a su lado; Almendra, en cuanto ve el cable enroscado en el suelo del baño, sale disparada hacia el hueco detrás de la lavadora. Dos schnauzer miniatura en el mismo baño y reacciones completamente opuestas ante lo mismo. El secado canino se convirtió en el momento más delicado de la peluquería en casa, más que cualquier tijera, y el miedo al secador de Almendra tardó bastante en calmarse.

Antes de esto ya había aprendido a base de golpes que no todo sale bien a la primera. Un sábado le corté el flequillo a Higo con las tijeras de la cocina, las únicas que tenía a mano, y se quedó con la frente en cuesta abajo durante semanas enteras. Con el secador el fallo no era de manos, era de no entender que a ellos les llega el ruido multiplicado, y que Almendra no estaba siendo dramática por gusto.

El miedo al secador en el schnauzer miniatura

Schnauzer miniatura oliendo el secador apagado en el suelo del baño de casa, sin miedo al ruido

No hace falta ser veterinaria para darse cuenta de que oyen mucho más de lo que nosotros captamos. El motor del secador, que a nosotros nos suena a ruido de fondo, a ellos les debe de llegar como si tuvieran una obra al lado de la oreja. Con Higo, que suele ser el más tranquilo de los dos, bastaba con enchufarlo para que se pusiera en tensión.

Que no tenga formación oficial en peluquería canina no me impide ver lo que pasa en mi propio baño cada sábado. Si tu perro se pone agresivo de verdad o le entra una ansiedad que no baja con nada, ahí ya no sirve de nada seguir insistiendo con toallas y premios: toca parar y preguntarle a un veterinario, porque hay miedos que no se resuelven en el suelo del baño de casa.

La toalla de microfibra antes que cualquier aire

Secado canino con toalla de microfibra en las patas de un schnauzer miniatura recién bañado

Lo que de verdad cambió las cosas fue dejar de pensar que el secador tenía que quitar toda el agua. Ese es el error que cometía al principio: encender el aire con ellos todavía chorreando. Ahora la toalla de microfibra hace el ochenta por ciento del trabajo antes de que el secador entre siquiera en la habitación.

Las toallas de algodón de toda la vida se empapan enseguida y pesan una barbaridad. La de microfibra absorbe mucho más y no hace ruido, que es la parte que más les importa a ellos. Me paso un buen rato frotando a Almendra y a Higo con ella, un momento tranquilo que aprovecho para revisarles un poco las orejas por dentro mientras están envueltos y quietos.

Se me queda el pelo mojado pegado al antebrazo cada vez que froto con ganas, una sensación que no se me va hasta que acabo duchándome yo también. Cuanta más agua saco con la toalla, menos rato de secador ruidoso hace falta después, y menos motivos tiene Almendra para salir corriendo.

Dejar el secador tirado por el salón hasta que aburra

Secador de mascotas silencioso y banda para las orejas sobre una mesa, preparados para el secado canino

Para que dejaran de temblar en cuanto lo veían, empecé a dejar el secador apagado en medio del salón, sin ningún cable por medio, como un mueble más. Alrededor ponía algún premio de esos naturales que suelo comprar. Al principio le hacían un rodeo enorme para no acercarse, pero a los pocos días ya ni lo miraban.

Pasado un tiempo largo así, sin prisa, probé a encenderlo desde otra habitación mientras me quedaba con ellos dándoles mimos. En un piso como el mío en Sevilla, con el baño reconvertido en zona de peluquería los sábados, el silencio después de un secado sin dramas se nota muchísimo, sobre todo comparado con cómo empezó todo esto.

La alfombrilla verde de ventosas que tengo en la bañera se ha quedado medio despegada de tanto arañazo de patas nerviosas de esos primeros sábados, y el espejo de encima del lavabo, con sus manchas en la esquina de abajo, se empaña entero en cuanto sale vapor. Detalles pequeños que solo noto yo, pero que cuentan la misma historia que las orejas de Almendra ya quietas.

Si te animas a hacer cosas parecidas en casa, tengo por ahí escrito cómo les hice un pijama para perros de raza pequeña para las noches de después del baño, que aunque en Sevilla no suela hacer demasiado frío, recién mojados se quedan pajaritos un buen rato.

El aire templado y las orejas tapadas cambian el resultado

Schnauzer miniatura con las orejas tapadas para reducir el miedo al secador durante el secado en casa

Cuando por fin toca usar aire de verdad, ayuda buscar uno de esos secadores pensados para mascotas, que suenan bastante menos que el de casa. No hacen falta secadores de peluquería profesional para dos perros de este tamaño, con que muevan aire de forma constante y sin sobresaltos es suficiente.

Taparles las orejas con una banda elástica ligera fue el otro cambio de verdad. Al no oír el soplido tan fuerte, Higo me dejó acercar el aire a las patas traseras sin querer saltar de la mesa, y con eso puesto los dos se quedan casi hipnotizados en vez de temblando.

El aire va siempre templado, tirando a frío, nunca caliente, porque la piel de un schnauzer se irrita con facilidad si no tienes cuidado. Voy abriendo el pelo con los dedos mientras seco, porque la capa de abajo retiene mucha humedad y si no se cuela el aire ahí se queda un rato húmeda por dentro aunque por fuera ya lo notices seco.

Si el día está nublado y no quiero que cojan frío nada más pisar la terraza, les pongo algo por encima mientras acabo de recoger el baño. Hace poco escribí sobre cómo hacer un impermeable para perros pequeños, que viene bien esos días de lluvia en los que no quieres que se te mojen otra vez nada más terminar de secarlos.

En cuanto están secos del todo, antes de que se me eche encima la hora de la cena, los saco a dar una vuelta corta por el Parque del Alamillo, que me queda cerca, y ahí es donde de verdad se nota si el secado quedó bien hecho: si el pelo se les riza con la humedad en dos minutos, algo se me quedó a medias.

El lunes le enseñé una foto a Remedios, mi compañera de despacho en la editorial, que los viernes se trae a su teckel Oriol a la oficina y lo graba para sus propios vídeos de peluquería. Me preguntó si el secreto había sido un secador nuevo, y le dije que no, que fue dejar de tener prisa.

Hacia la semana 8 de ir a esto cada sábado, tenía guardada en el móvil una foto de Almendra con las cejas a la misma altura, la prueba de que algo se estaba asentando en esta casa y no solo en el secado. Ya no hacía falta perseguirla por el pasillo con la toalla en la mano.

Lo que me llevo de estos sábados con el secador no es una técnica concreta, es algo más simple: el miedo de un perro casi nunca es al aparato en sí, es a no saber qué va a pasar con él encima. Bajar el ruido, quitar agua antes, dejarles ver el secador sin que haga nada raro, todo eso es la misma idea repetida de formas distintas. Y recuerda, después de terminar, conviene saber cómo limpiar las máquinas de cortar pelo y el resto de trastos del baño, porque si no acaban oliendo a perro mojado hasta el sábado siguiente.

Almendra ronca ya tranquila encima de mis pies mientras escribo esto, y Higo espera su premio en la puerta del baño. Mañana tocará cepillo otra vez, pero al menos el secador ya no es el enemigo de la casa.

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